No hace falta levantar la voz para ejercer poder. El machismo aprendió a camuflarse en lo normal, en lo amable, en lo esperado. Y ahí es donde más daño hace.
Por: Carolina Zabala
El susurro del machismo en lo cotidiano
El machismo no siempre grita. A veces susurra. Se esconde en frases cotidianas, en silencios impuestos, en tradiciones disfrazadas de normalidad. En faldas en movimiento se desarrolló una reflexión urgente: el machismo sigue vivo, incluso en formas mínimas, casi imperceptibles, conocidas como micromachismos.
El diálogo se remonta al origen histórico del patriarcado: un sistema de creencias que instauró la autoridad del hombre sobre la mujer, legitimado por religiones, descrito a detalle en la biblia, estructuras sociales y costumbres heredadas. A América llegó de la mano de la colonia, imponiendo la figura del varón proveedor y dominante, desplazando modelos preexistentes de liderazgo femenino.

Frases que sostienen desigualdades y peso del apellido
El machismo, como manifestación práctica del patriarcado, se filtra en expresiones culturales que muchos repiten sin cuestionar. Desde frases como “los hombres no lloran” o “pega como niña”, hasta suposiciones sobre quién debe cargar un balde o dirigir un negocio. Todo refuerza la idea de que lo masculino es lo fuerte y lo femenino lo débil. Estos micromachismos son pequeñas acciones o palabras que sostienen grandes desigualdades.
Faldas en movimiento aborda también el peso del apellido, ese detalle que parece inofensivo, pero que sigue siendo símbolo del linaje masculino. Aún hoy, en pleno siglo XXI, muchas veces ni siquiera se plantea la posibilidad de que el primer apellido de un hijo sea el de la madre. ¿Por qué? Porque se arrastra la idea de que el apellido del padre «debe» ir primero, como si fuera una herencia natural, incuestionable.
Pero lo cierto es que en ese acto aparentemente pequeño el de nombrar sigue latente una lucha por el reconocimiento y la igualdad. No se trata solo de un orden en los papeles, sino de una forma de decir quién importa más, quién deja huella, quién tiene el derecho de dejar su marca. Cambiar ese orden puede parecer simbólico, pero precisamente ahí está su fuerza: en cuestionar una norma que nunca se eligió, solo se repitió.

Micromachismos: Roles impuestos y emociones negadas
También se pone sobre la mesa la presión constante que recae sobre las mujeres para cumplir con ciertos roles tradicionales. Desde pequeñas, muchas reciben el mensaje de que deben saber cocinar, verse «presentables», no ser «muy dulces» si quieren que las tomen en serio. ¿Cuántas veces una mujer ha sentido que debe endurecer su tono para que su opinión pese, sobre todo en espacios académicos o profesionales? Esa misma ternura, que en otros contextos es valor, se convierte en debilidad en un entorno machista.
Pero el machismo no se ensaña solo con las mujeres. A los hombres también les arrebata. Les niega el derecho a llorar, a mostrarse sensibles, a salirse del molde sin que se cuestione su virilidad. En ese sentido, los micromachismos no discriminan: también son una jaula para los hombres, que crecen creyendo que deben ocultar lo que sienten, que no pueden flaquear, que su valor está en dominar, no en conectarse con lo humano.

El feminismo no busca superioridad, sino equidad. Que el cambio no se logra modificando el pasado, sino cuestionando el presente. Que el machismo no es exclusivo de un género: todos, en mayor o menor medida, lo hemos reproducido. La clave está en reconocerlo, nombrarlo y transformarlo, incluso en los detalles más pequeños.
Porque los grandes cambios empiezan por los gestos invisibles. Porque no hay revolución sin conciencia. Porque cada “falda en movimiento” es un paso hacia adelante. Mira el episodio completo aquí y déjanos saber tu opinión al respecto.
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